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El lugar del que venimos nos define. Nos conforma como personas, lo llevamos en la sangre. Y en la artesanía es, si cabe, aún más importante. Un origen, una raíz que la ata a una tierra, que le transfiere una personalidad y una idiosincrasia únicas. Así vive Granada en su cerámica tradicional, la cerámica de Fajaluza, del mismo modo que lo hace en cada una de sus creaciones Cervezas Alhambra.

Ambas, unidas a la ciudad que las vio nacer, llevan en su ADN las ondulaciones del Albaicín, los atardeceres rojizos de la Alhambra, el canto del agua en las fuentes del Patio de los Leones. Y ambas, con Granada en el centro de su creación, han sabido heredar la tradición con la mirada puesta en el presente.

Fue allá por el siglo XVI cuando los primeros talleres artesanales se asentaron en torno a la puerta de Fajaluza (también conocida como puerta del Collado de los Almendros), en la muralla que rodeaba el Albaicín, bautizando así a la loza que comenzó a hacerse en aquella época.

Poco a poco, se fue conociendo bajo ese nombre un tipo de cerámica muy concreto, caracterizado por ese acabado brillante, esos fondos blancos y las decoraciones generalmente vegetales —una tendencia propia del entorno musulmán en el que emergió—, en verdes y distintos tonos de azul, con la granada, como no podía ser de otra forma, como protagonista de muchos de sus motivos.

Rasgos que la han hecho reconocible e inconfundible, discernible ante cualquier intento de imitación. Porque lo auténtico, convierte cada instante en un recuerdo imborrable y cada sensación en una ola de emoción que te recorre, que no se puede imitar. Como una Alhambra Reserva 1925 que habla a los sentidos y los despierta, para que no perdamos detalle de lo esencial.

Desde la emblemática botella verde, en la que te puedes perder recorriendo su característico relieve con las yemas de los dedos, hasta su sabor, ligeramente seco, con un equilibrio perfecto entre ese ligero amargor inicial y el fondo suavemente dulce, con notas a plátano y manzana, una Alhambra Reserva 1925 es algo que nadie puede contarte: merece que lo vivas tú.

Agua, barro y unas manos que saben hacer

El agua, de la Acequia Aynadamar. La arcilla, una mezcla secreta entre el barro que obtenían de un terreno cercano a la Fuente del Moro y una tierra más firme, que aportaba fuerza y consistencia, extraída en los alrededores del río Beiro. Con estos dos sencillos, humildes ingredientes, los cacharreros del siglo XVI elaboraban su loza. La extracción de la arcilla se hacía una vez al año, durante las primeras semanas, y se dejaba apilada en grandes montones a los que acudir en busca de la materia prima.

El batido de la arcilla se hacía a mano, al principio, pero poco tiempo después comenzó a aprovecharse el poderío del agua en la acequia, sirviéndose así de esta pequeña industria rudimentaria para realizar una tarea físicamente agotadora. Y fue así como siguió haciéndose hasta bien entrado el siglo XX, cuando la electricidad llegó a las fábricas de Fajaluza y modernizó, ligeramente, este proceso centenario.

Es un ejemplo perfecto de cómo la técnica tradicional conforma la base de una artesanía y mantiene su esencia, pese a los procesos de contemporización que se van incorporando con el único fin de trasladar, de cinco siglos atrás al presente, todo su carácter, toda su belleza y su sensorialidad. Es así como trabajan los maestros cerveceros de Cervezas Alhambra; recogen aquella tradición que se inició en 1925, a los pies de la Alhambra, y la conservan con la mirada en el ahora, manteniendo ese saber hacer, esa pasión por el detalle y ese cuidado por la técnica en un contexto verdaderamente contemporáneo.

El proceso de decoración, una vez que las piezas han sido secadas, pasa de nuevo por las manos del maestro alfarero. Con un pincel, plasma sobre el esmalte blanco todo tipo de motivos vegetales, exuberantes, bien de pincelada fina si busca un cuadro frondoso, bien de pincelada más gruesa si únicamente quiere plasmar un pequeño dibujo.

A continuación, se inicia una de las fases más delicadas, la del enhornado, en el que las figuras son finalmente cocidas, a distintas temperaturas, en un proceso que requiere de un gran conocimiento de la materia prima y de su respuesta al calor. Si una pieza se resquebraja o se salta porque no se ha gestionado bien la temperatura, queda totalmente arruinada. De ahí la importancia del maestro alfarero y de su experiencia, del saber hacer de sus manos. Y, por supuesto, del tiempo.

De esa medida exacta que hace que una pieza pase de ser un pedazo de barro a una loza resistente, de esos instantes que no se pueden apresurar, porque manda la materia prima, sabedora de su ritmo y de que los segundos no cuentan, solo son meros testigos. El mismo tiempo que necesitamos para admirar el resultado como se merece, de una creación tal y como fue concebida; para que nuestros sentidos dejen de estar latentes y sean capaces de apreciar esa imperfecta belleza que palpita en cada pieza. Tiempo para crear, tiempo para disfrutar.

Una artesanía contemporánea

Ese saber hacer se ha ido transmitiendo de generación en generación, concretamente veinte de ellas, las que llevan a sus hombros la familia Morales, herederos de aquellos primeros alfareros y que buscan conservar la esencia de esta tradición intacta. Pero no son los únicos. A día de hoy, la cerámica de Fajaluza se ha rescatado y reinterpretado bajo un punto de vista más contemporáneo, propio de los tiempos que corren, sin perder ese carácter que la hace inimitable.

Un buen ejemplo es Casa López, en París. Una maison enamorada de Granada, de su artesanía y de la magia y los misterios que la rondan, los mismos que orbitan en torno a Cervezas Alhambra, que los toma de la fortaleza roja que le da su nombre y de la que se nutre en cada una de sus creaciones. Con sus arabescos y motivos como inspiración absoluta de todas sus creaciones —también textiles y decorativas—, Casa López encarna cómo conseguir hacer viajar en el tiempo un tipo de cerámica que cuenta con más de cinco siglos de historia, sin que se intuya casi su longevidad.

Toda su cerámica requiere de un cuidado proceso de elaboración, de un respeto a la naturaleza de su materia prima, a los tiempos que requiere para pasar de humilde barro a deslumbrante obra de artesanía. Tiempo para modelar, tiempo para decorar, tiempo para cocer. Tiempo para crear, en definitiva, dejando que los sentidos guíen cada decisión, que las yemas de los dedos aprecien la suavidad del vidriado, que la vista se deleite en los motivos cuidadosamente imaginados.

El mismo tiempo que Cervezas Alhambra ha convertido en base y fundamento de su filosofía: porque solo cuando paras, cuando respiras y prestas atención, cuando te dejas llevar por el detalle, por ese estímulo emocionante que despierta cada uno de tus sentidos, solo entonces puedes disfrutar, verdaderamente vivir.

Desde abigarradas ensaladeras cuyos motivos ir descubriendo conforme el contenido encuentra su destino en el plato de cada comensal, hasta boles perfectos para un aperitivo improvisado, pasando por jarras que bien podrían haber llevado el agua de aquella Acequia Aynadamar de la que hablábamos.

Hay algo, sí, en sus formas, casi primigenio. Algo que incluso el ojo menos entrenado reconoce como centenario, una llamada de otra época, de otro tiempo, en un lenguaje actual, comprensible y singular. Sus vajillas, concretamente, son pequeñas joyas con las que cualquier mesa ofrece una experiencia sensorial única, completa. Son el complemento perfecto a una gastronomía cuidada, que hable a los sentidos, que seduzca con la misma sutileza que una Alhambra Reserva 1925 cuando la acompañamos de un delicioso guiso de pollo campero o de un solomillo de pavo en adobo.

Detalles que nos inspiran y transforman una comida o una cena en toda una experiencia para disfrutar con los cinco sentidos o, como nos propone Cervezas Alhambra, con uno más al que debemos prestar más atención: el tiempo. Catalizador de experiencias, matiz que hace despertar al resto: porque solo cuando nos detenemos, nuestros sentidos afloran, se aferran a la vivencia, descubren, realmente, la singular belleza y el desapercibido detalle que nos acompañan día a día.

Imágenes | iStock/g-stockstudio, iStock/ILIA KALINKIN, iStock/Christina Vartanova, Facebook de Casa López